Blog en donde puedes encontrar un maridaje entre la creación de mundos, rol, fantasía e historia. Un lugar donde descansar con tranquilidad.

Categoría: Relato

Relatos sobre el fin del mundo

Siguiendo en el curso de Iniciación a la Literatura fantástica de Escuela de Escritores e impartido por los integrantes del blog Centauros más allá de Orión, esta vez nos propusieron crear un relato donde se dejase entrever un apocalipsis. Yo, después de leer la tarea, me dije «mola, tengo una idea que queda genial» y me puse a escribirla.


Se encontraron en el lugar acordado y fecha predefinida. Para ser invierno, en ese bosque de cedros libaneses, hacía demasiado calor. El resonar de la última trompeta estaba aún en el aire.

—Bien, mi parte de la Tarea está hecha. —Efreth sacudió las manos como si se quitase un polvo inexistente.

—Lo cierto es que mi parte no ha sido nada agradable —contestó Urkuat mientras se acercaba y estiraba las alas.

—¡Pero qué cojones más gordos tienes, hermana! —Puso los ojos en blanco.— ¿Cómo puedes decir que no es agradable abrir las portezuelas para que el dragón salga a dar un paseo?

—¿Qué dices de dragón? —replicó Urkuat casi sin mirarle— Nada de cabezas escamosas y reptilianas, he tenido que bajar a una de las mazmorras más oscuras de Medina para poder sacarla de su letargo.

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Relato: La visita nocturna

Este relato nace de otra tarea del curso de Literatura fantástica, Iniciación de Escuela de Escritores. En este caso había que trabajar tres voces y una de ellas debía ser la escrita.

Trabajando al idea, me decanté por dos cosas, una fue una historia que leí que le ocurrió a Paz Padilla en un viaje durante el programa de Jesús Calleja, donde Paz compró un muñeco budú sin pensar en las consecuencias. Por otro lado, me vino a la mente una entrada de Ana Gonzalez Duque donde se preguntaba sobre un ser maligno llamado Sucubo.

Mi aportación a estas dos ideas ha sido la ambientación. Espero que os guste.

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Relato: Inicios duros

El siguiente relato es el resultado de unir dos más cortos que fueron escritos como dos tareas del curso de Iniciación a la literatura fantástica de Escuela de Escritores. Ambos inicialmente debían ser de quinientas palabras y ese límite fue respetado en la tarea. En esta entrada los he unido y modificado, intentando seguir los consejos dados y añadiendo un poco más, ya que el límite de palabras no es necesario. Espero que os guste.

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Relato corto Corre pajarito, corre.

Seguía con cuidado a la mujer que tenía delante. No quería ser brusco por lo que se deslizaba con cuidado o empujaba despacio para abrirse paso. Los transeúntes al ver su cuera de ante y el tahalí con el florete, símbolos inequívocos de la guardia de la ciudad le ayudaban a desplazarse de ese modo. «Más vale que ese pajarito no se me escape».

  Los olores a orines, el chapoteo y la humedad que traspasaba la suela de la bota de cordobán le ponía la piel de gallina. Miraba con cuidado entre los transeúntes. La luz resbalando en los cristales de las tiendas y en los charcos, provocaba que entrecerrase los ojos. Un dolor leve nació e sus sienes, como si el pañuelo anudado apretara más que esta mañana. El fieltro húmedo pesaba, las alas del chambergo caían a ambos lados.

El golpeteo de la funda del florete contra el muslo le recordaba que debía tener cuidado porque podía engancharse con algún faldón de los tenderos o peor aún, cruzarse con otra arma y provocar un duelo no deseado.

  El rumor de pasos, golpe de cascos y roce de ruedas con el empedrado le impedía saber si su objetivo aligeraba el paso o corría, por lo que buscó un hueco entre la gente que tenía delante intentando observar a su presa mientras se mordía el labio inferior. Aguzando el oído, notó como el ritmo de la calle cambiaba levemente. Hacia su izquierda. Dio un respingo y corrió hacia donde había escuchado el deslizar de pies, el roce de una capa corta de cuero con la esquina y el leve chasquido del borde al viento.

  Sus pasos resonaron en esa calle generando un eco húmedo, sordo, corto. El dolor descendió a la nuca y los músculos del cuello se le tensaron. Un latigazo gélido recorrió media espalda pero miraba atentamente al frente. Olisqueó un momento. El orín no estaba, la menta mezclada con jabón le llegaba junto con roces suaves de ropas colgadas.

  A varios metros la silueta que ya se había aprendido se insinuó entre las sábanas, como un artista tras el telón. Y desapareció. Corrió agarrando el pulido pomo del arma y apartó con la mano libre el falso telón. La fuerza provocó un chasquido, un rasgar y quedó envuelto en una blancura mentolada. Cuando consiguió quitarse la sábana de encima pudo ver a una anciana sentada en un taburete, la capa de la joven frente a sus pies.

—Hijo —con voz temblorosa le interpeló. —¿Qué busca un joven guardia por este arrabal? —En su mirada se dibujaba la sonrisa que no aparecía en su rostro mientras jugaba con un lapislázuli de su colgante.

—¿Ha visto pasar una joven, pequeña, de pelo rubio, con esta capa? —dijo mientras pateaba la tela oscura del suelo.

—Estos ojos viejos no mantienen la luz como antes, pero mis orejas no me engañan. —apuntilló mientras señalaba hacia su derecha, hacia una puerta entreabierta de una bajera. Salió corriendo mientras maldecía.

Su primer día en la guardia no fue en absoluto como había deseado y que se le escapase esa ladronzuela le dolió más en el orgullo que en la pierna rota con la que terminó por no mirar donde pisaba cerca del puerto.

Relato: Hambre

Esta entrada la saco en miércoles porque dentro de la planificación caótica de entradas para el blog, había asignado este día de la semana para relatos.

He comenzado el curso de Literatura Fantástica I de la Escuela de Escritores y en la tarea de la semana pasada presentaron un supuesto y tras leerlo y pensarlo, me salió el siguiente relato:

«Allí estaba, entre la oscuridad, agazapado. Esperar no era lo suyo, pero sin patas, piernas o alas, poco podía hacer para moverse. Llevaba más de doscientos años donde se encontraba en estos momentos y aun estando aburrido del lugar, no era de los peores. Tenía hambre, pero esa hambre era profunda, pesada, insaciable. Pasaba el tiempo regodeándose en ella, no tenía otra cosa mejor que hacer, aparte de ubicarse con su imaginación en una mansión de un gran terrateniente adinerado, en una urna de cristal fino con una luz tenue y a la vista de todos.

La biblioteca del templo estaba seca, bien acondicionada y con polvo. La puerta se abrió torpemente por su falta de uso, los goznes secos no ayudaban al intruso. El acólito entró despacio e intentó cerrar la puerta de la forma más silenciosa posible, tenía hambre de conocimiento y esa noche esquivó todas las dificultades hasta llegar a su meta. Encendió un candil y con excitación contenida comenzó a moverse entre los largos estantes llenos de libros. No era la primera vez que se colaba a hurtadillas en ese lugar pero tampoco lo conseguía con la frecuencia que su mente le instaba. La última vez, antes de tener que marcharse, había encontrado un libro que le cautivó. No sabía por qué, pero la forma del lomo, el color de la piel y las letras doradas que estaban en el mismo le llamaban y hoy quería leerlo, deseaba una aventura. No tardó en localizarlo. Lo tomó y se acercó a una de las dos mesas dispuestas para consultas. Con un deseo casi desbordante abrió el libro.

Notó como era movido, por fin una presa. Las manos fuertes, algo sudadas y de piel suave le recordaban a un humano joven. Esos eran los más jugosos, Con intranquilidad notó como era posado en una mesa y sintió volar sus páginas. Había sido abierto y despertado de su letargo. Tuvo que controlarse para no devorar esa mente joven en un santiamén o cometer algún error que hiciese que su presa se fuese. Se introdujo despacio en sus recuerdos y comenzó a beberlos poco a poco, a saborearlos y a mezclarlos. Según los iba creando nuevas páginas de historias al final de las ya presentes, iba borrando los recuerdos de la mente. Tras un rato no se pudo aguantar, su hambre era descomunal y comenzó a sorber con fuerza recuerdos cercanos, sentimientos, sensaciones, a captar los miedos más ancestrales y personales del pobre desdichado, a robarle los recuerdos de la tierna infancia y los placeres imaginados, o no tan imaginados, con la celadora jovencita e inocente.

Cuando terminó, se cuidó de darle solo una orden efímera en esa mente completamente vacía y que solo sabía comer, dormir y defecar. Que le devolviese a una estantería.

El acólito, o mejor dicho, la carcasa de huesos, músculos, piel y vísceras en lo que se había convertido, dejó el libro en un estante y después, babeando, simplemente se quedó mirando a la puerta.»

Después de que los compañeros opinen y los profesores valoren y comenten, he decidido intentar aplicar las sugerencias y volverlo a escribir. El resultado ha sido el siguiente:

» Allí estaba, entre la oscuridad, agazapado. Esperar no era lo suyo, pero sin patas, piernas o alas, poco podía hacer para moverse. Llevaba más de doscientos años donde se encontraba en estos momentos y aun estando aburrido del lugar, no era de los peores. Tenía hambre, pero esa hambre era profunda, pesada, insaciable. Pasaba el tiempo regodeándose en ella, no tenía otra cosa mejor que hacer, aparte de ubicarse con su imaginación en una mansión de un gran terrateniente adinerado, en una urna de cristal fino con una luz tenue y a la vista de todos.

La biblioteca del templo estaba seca, bien acondicionada y con polvo. El roce de la puerta con el suelo, en los goznes puso le puso en alerta. No podía ver pero si había conseguido expandir su consciencia de forma que fuese capaz de notar cambios de temperatura, presión y ondas sonoras. Tenía claro que entraba alguien.

Tardó un tiempo hasta que notó como el aire cercano se iba calentando. Alguien se acercaba con una fuente de calor y era momento de preparar sus habilidades intrusivas. Había llegado a conocer muchas formas de sondear pero la más eficiente hasta ahora era un ataque directo. Esperó a notar el calor de la vela cerca de su lomo. Había aprendido algunos trucos para acercar más a sus presas y retenerlas el tiempo suficiente como para poder sondear. Fue enturbiando las letras que había en el lomo, opacándolas, envejeciéndolas para que el incauto tuviese que estar más tiempo mirando para descifrarlas.

Parece que el truco volvió a funcionar porque la fuente de calor se quedó parada y notaba cómo aumentaba según se le acercaba. En ese momento lanzó un zarcillo invisible hacia la zona de la luz, donde deberían estar los ojos, nariz o frente de la presa. Notó como acertaba y se introdujo con rapidez en la consciencia superficial y empezó a rebuscar.

Captó la imagen que tenía el hombre de si mismo, también descubrió su juventud y su curiosidad, casi tan fuerte como su hambre. Reconoció un anhelo y con rapidez, aclaró las letras del lomo y apareció un título, “La sabía de dríade para enamorar.”

Notó como unas manos sudorosas, fuertes y juveniles lo tomaban con fuerza. El tirón que sintió y la sensación de ingravidez al ser transportado le hizo apretar un poco más en el subconsciente del acólito, le había dado tiempo a leer en sus recuerdos tempranos. Leyó un rápido pensamiento de incomodidad, de presión y tuvo que controlar su propia ansia o esta jugosa presa se le podía escapar.

Cuando se sintió sobre una mesa, tumbado y sus hojas comenzaron a voltearse, supo que ya lo tenía. Ahora tocaba empezar a alimentarse despacio, de los sueños y recuerdos agradables para servírselos en forma de historias eróticas. Después de unos pocos minutos, notó como sus hojas se movían con más rapidez y los pensamientos del acólito se diluían porque se estaba concentrando en lo que él le estaba sirviendo. La tentación era muy fuerte, demasiado, empezaba a cansarse de controlar su ansia, su hambre.

Tiró fuerte de los recuerdos, devoró sensaciones y borró pensamientos. Se abalanzó sobre los miedos. Los masticó, paladeó. Engulló los anhelos. Vio cómo dentro de su mente, cada vez más espaciosa, se formaba una nube negra de miedo, comprensión y desesperanza que le deleitó. Lo más suculento para el final.

Cuando terminó, seguía con hambre pero no dolía. Antes de soltarlo, lo utilizó como una marioneta poniendo la imagen de cómo debía dejar el libro en la estantería que está en frente de la puerta.

Después, mientras descansaba en su nueva posición, pudo notar el ruido del cuerpo al caer.»

La diferencia radica básicamente en el narrador utilizado. En el primero he realizado un salto de punto de vista y además un cambio de narrador, de forma que hay un salto importante y brusco entre el primer párrafo y el segundo. En el segundo relato, se ha reescrito manteniendo el punto de vista del libro.

A mi me gustan los dos, quizás más el segundo tras entender que el salto brusco no ayuda a la comprensión del relato ¿y a vosotros?

Cuarto relato del taller

Esta es la última entrega de relatos nacidos del taller de Escuela de Escritores, que por cierto, hoy comienzo otro curso con ellos, esta vez sobre la psicología del personaje y además tengo pendiente otros dos.

En la cuarta propuesta se buscaba ahondar un poco tanto en el ambiente de la escena, como la ambientación y el miedo. Si los otros tres relatos se dibujaron con bastante rapidez en mi mente, esta cuarta propuesta fue bastante más esquiva. Tuve que revisar cosas en internet y buscar información de cómo escribir algo que de miedito porque ciertamente, no se muy bien qué es lo que se me da bien pero con este ejercicio, si supe lo que NO se me da bien, o por lo menos tengo que trabajármelo más.

El resultado fueron dos relatos, el primero, titulado «El enemigo interior», fue la primera idea que quise desarrollar y después de escribirla y reposarla un poco, se la leí a mi pareja y el resultado fue un «ggñññee…» Así que escribí el segundo, que se ajustaba más a las especificaciones de la tarea y el marco elegido es más cómodo para mí.

Os dejo con los dos y me gustaría saber qué pensáis vosotras y vosotros de ellos.

El enemigo interior

Despertarme todos los días es un acto de fe. Hace ya unas semanas que resulta agobiante levantarme. La radio de diodos escupe las noticias, hablan de robos, desfalcos, accidentes, homicidios. El periódico de ayer habla de las protestas de las minas de Riotinto y cómo la Guardia Civil los reprimió brutalmente.

Percibo todo como si estuviera tras un velo. El pictovisor no se enciende, necesita crédito, las lámparas de gas tienen un extraño color, no hay azules ni amarillos, solo una gama de grises. Desde la ventana se escucha el bullicio de la calle que se filtra sin permiso. Los vehículos, movidos por vapor y electricidad, no dan tregua.

Intranquilo, miro a todos los lados intentando capturar esa presencia. La noto encima de mi hombro izquierdo.

Nervioso busco mis pertenencias. El bombín y abrigo están en el perchero y el traje a los pies de la cama. La presencia me obliga a mirar la camisa, echada en una silla al lado del escritorio estilo neoimperial. Un olor a hierro, leve y delicado noto al acercarme a la camisa, una mancha gris oscura en la pechera y varias más pequeñas perlan las mangas.

El maletín, apoyado contra una de las patas de la mesa, está cerrado. Sobre la mesa hay un estuche rectangular, de cuero curtido y desgastado. No lo identifico como mío pero me es demasiado familiar. Una mano temblorosa, mi mano, lo toma y lo abro soltando las hebillas. Delante de mi se despliega un juego de cuchillos pequeños, filos, navajas y bisturíes. Intento engañarme pensando que el anterior inquilino se lo habrá dejado. Un fuerte “NO” resuena en mi mente ¿o ha salido de mi boca?, seguro que es cosa de esa maldita presencia.

Noto como la ansiedad comienza a anidar en el estómago y con familiar rapidez trepa por el pecho hasta llegar con sus insidiosos tentáculos a abrazar al corazón.

Me dirijo al baño, los ruidos de Madrid parecen mitigarse, pero siguen ahí. Lo que no remite es esa maldita sensación y al mirar al espejo se transforma en miedo, gélido y pesado.

Veo, desde su hombro izquierdo, su cara, un rostro joven, impasible, tenso se mira en el espejo. Un movimiento de ojos mirando hacia la izquierda me alerta de que me ha visto. Pero, con pasmoso terror, me doy cuenta que ese rostro, esos ojos despiadados, son los míos. Ese hombre soy yo ¿cómo puedo estar a la izquierda de él y a la vez ser el?

Una sonrisa sádica se dibuja en mi rostro. Grito a pleno pulmón y no oigo sonido alguno por mis oídos.

— Londres empezaba a ser aburrido ¿verdad Jack?

Traspaso

El crujido de la puerta al abrirse hace que me empiece a despertar. Las celdas de los hermanos en la abadía no tienen cerrojos, por lo que cualquiera que lo necesite, puede venir. El sueño todavía mantiene mis párpados cerrados pero puedo escuchar unos pasos de anciano y una respiración pesada.

El cansancio y la falta de ruido es síntoma de que no han llegado maitines, por lo que me incorporo en mi camastro y el frío de la noche empieza a abrazarme. El jergón de paja y la manta de lana cruda no son suficientes y en invierno duermo con parte de los hábitos puestos.

Somnoliento intento enfocar mi vista. La puerta se encuentra cerrada y la lámpara de aceite está apagada. Por el ventanuco entra la poca luz nocturna que hay en esta noche nublada. El baúl pequeño con mis pobre pertenencias está a los pies del jergón. Mis jóvenes ojos se acostumbran rápidamente a la penumbra y atisbo una forma enjuta, sentada en una esquina. La silueta, de hombros caídos, encorvada, parece ser la del hermano Arnaut. No dice nada y levanta la cabeza. Sigo en ese estado de duermevela que hace pensar que uno todavía está dormido.

Presto un poco más de atención, su hábito negro destaca sobre la oscuridad bailante que le rodea, la capucha se le cae de la cabeza pero sus manos siguen en su regazo. Con una lentitud nada terrenal, ese anciano se comienza a transformar, a crecer y levantarse de la silla. Todos sus ropajes se rasgan para dejar paso a un cuerpo antinatural de piel húmeda, el cinturón se rompe en pedazos, el escapulario se desintegra.

La figura inhumana avanza hacia mí. Está desnuda, de todo su cuerpo penden trozos de hierro ensartado en la piel, hay aros de donde penden cadenas con garfios, hay anzuelos clavados y trozos de piel rasgada presentando una carne rosada y húmeda. Su cabeza, completamente pelada, presenta un rostro descarnado, sin nariz y con ojos completamente negros. Sus dientes, todos ellos afilados, dejaban resbalar una saliva viscosa y rosada, así como deja entrever una lengua sibilina.

Agazapado, intento protegerme con la manta y el Pater noster rezándolo con fervor. Su voz, terriblemente aflautada, como la de un niño puro, me dice que ese cuerpo ya no me pertenece. Luego noto un empujón brutal y todo negro.

Me despierto y con desasosiego me noto sentado en una silla, helado y doliéndome horrores todos los huesos, las articulaciones, los ojos. Me cuesta respirar. Mover el cuello solo para levantar la cabeza es un trabajo extenuante.

El horror inunda mi alma cuando me veo a mí, a mi cuerpo, tumbado en mi cama, descansado con la placidez de un niño y con una sonrisa de autosatisfacción obscena.

Me encuentro encerrado en el cuerpo del hermano Arnaut, un pobre viejo de sesenta años al que nadie cree en la abadía, con mal de huesos y que cualquier noche llamará a su lado nuestro Señor.

Tercer relato del taller

Este tercer relato cambia de tercio y toca la ciencia ficción, en la propuesta del taller se buscaba intentar trabajar la creación de una especie alienígena junto con su idioma y conseguir presentar elementos de ciencia ficción donde case una especie e idioma creado, una estructura espacial grande tipo base estelar o así y un conflicto.

La gestación de la propuesta fue bastante rápida, me gustó la idea y me puse manos a la obra con la especie y el idioma, ya que pensé que me sería más fácil la ubicación que el idioma.

Los seres que creé tenían las siguientes características:

  1. Antropomorfos, por lo que debían ser bilaterales (es decir, con lados).
  2. Los ojos frontales, fosas nasales existentes pero hundidas en la cara, con oídos pero sin pabellones auditivos.
  3. Branquias submaxilares para filtrado de gas, protuberancia pequeña en la frente donde se aloja un órgano sensitivo de ecolocalización.
  4. Órgano fonador en el cuello y útil para los seres que tuviesen boca.
  5. Sin cola distal, con dos piernas y cuatro brazos, dos más largos y fuertes que otros dos, todos ellos localizados en el tórax. Manos funcionales con cuatro dedos, uno de ellos oponible.
  6. Dimorfismo social, seres con complexiones diferentes dependiendo de su localización en el estrato social y desempeño.
  7. Asexuados, procreación in vitro y con claras ideas eugenésicas.
  8. Endoesqueleto y un exoesqueleto parcial y solo en formas vivas que lo requiriesen como pudiesen ser trabajadores en ambientes extremos, personal de seguridad y ejército…
  9. Capacidades psíquicas para una élite

Con respecto al idioma, no quería liarme mucho, así que elegí unos fonemas para las vocales, unas consonantes, las palabras se formaban añadiendo sufijos a raíces léxicas, tres tiempos verbales y la estructura de las frases sencillas, primero verbo con sus sufijos para definir tiempo y número, luego unión de complementos por apóstrofe y después sujeto.

Una vez que ya se tiene todo, bauticé a esta especie con el nombre de Virrpinos. Lo siguiente salió bastante rodado, así que os dejo a continuación el relato.

TOQUE MENTAL

Los sensores cobraron vida.

—Por fin veo algo que me da tranquilidad– mustió Berni mientras miraba de reojo al indicador de combustible.

—No esperes que solo porque ese pedazo de trozo de alumicero esté ahí se nos hayan solucionado todos nuestros problemas— comentó con descaro Plumbes. —Espera, hay algo raro. ¿No era una base centauri? Los protocolos de acceso no coinciden, más bien parecen— Dejó la frase colgando mientras miraba las pantallas —¡Scrumpe!

—¿Qué? ¿qué?, ¿vas a decir algo, andorano melodramático de las narices?

—Virrpinos, los protocolos son virrpinos.

—No me jodas Plumbes, ¡no me jodas!

—No sé qué significa “joder” para vosotros— apuntilló el andorano —Pero por lo que percibo, debe ser algo parecido a nuestro “siterca”, noto tus constantes vitales disparadas y cómo empiezas a acariciar mi mente.

Berni respiró profundo e inició un rito zen. Necesitaba controlar su psique.

Tras desembarcar y mirar a su alrededor para ubicarse, en su campo visual se desplegó un minimapa de la dársena y los accesos, marcándole en camino a Aduanas, además de una lista de datos, todos ellos facilitados por la IA de la nave. En cuanto se orientó, dejó de prestarles atención y desaparecieron, quedando solo un pequeño punto de luz en la parte superior izquierda.

Quería terminar cuanto antes, marcharse y dejar el menor rastro posible de su paso por aquí. Naves militares encubiertas no suelen ser bien recibidas. En la dársena de embarque se podían ver grupos de virrpinos militares y a él, nadie más. Al mirar a uno de esos individuos de casi dos metros y medio, cuatro brazos y una armadura de combate que parecía viva, el puntito se desplegó para informar sobre la especie, concretamente sobre la naturaleza quitinosa y exoesquelética de esas armaduras. Desvió la vista hacia la puerta donde parecía que tenía que ir antes de que alguna de esas moles se inquietase. Otro mensaje entró en su campo de visión. «Funcionarios virrpinos pertenecientes a clases altas. Cuidado…» Berni, impaciente, cortó el mensaje mientras entraba en la sala. No quería distracciones. Tras cerrar la puerta, miró al frente y se encontró a dos virrpinos vestidos con ropas civiles. Uno de ellos poco menor que el militar, esbelto, con un rostro sin boca y otro bajo, achaparrado, con ropas funcionales y con boca. Fue él quien se dirigió a Berni.

¿Cinno virrp opidalae’ruk?

La traducción apareció en el campo de visión.

—Necesitamos repostar, solo haremos escala.

Tras unos segundos, el pequeño volvió a hablar.

— ¿Pelor’ruk bieodonnör’ruk suub’virrp?

—La IA me ha informado. Cuando planteé la ruta no tenía conocimiento de esto.

El tono de la pregunta molestó bastante a Berni, tanto que le pilló con las defensas psíquicas bajas e intentó tocar la mente del funcionario pequeño. No pudo casi ni acariciarla porque sintió un fuerte asalto mental que casi lo lanzó contra el suelo.

Sonaron alarmas, la habitación se inundó de una luz roja. Berni comenzó a escuchar pasos pesados acercándose.

«La he cagado otra vez».

Segundo relato del taller

Este es el segundo relato del Taller de Escritores. Tras la propuesta, la imagen y la situación se formó rápidamente en mi cabeza, algo que normalmente no ocurre. Un detalle que me pareció divertido fue el hecho de presentarlo en la España de la Edad Media pero con su magia y su pompa. Así que me puse a mirar un poco la historia de la región en la que vivo y encontré que se podía haber dado sin problemas en uno de los muchos enfrentamientos de frontera entre el Reino de Navarra y sus vecinos, en este caso Castilla.

La muralla

Había comenzado la cuarta oleada contra las murallas de la ciudad de Viana. Los defensores estaban recuperándose todavía del último ataque cuando volvieron a escuchar las trompetas, los gritos, el silbar de flechas y rugir de rocas. Los fatigados geomantes vianeses no podían destruir todas las piedras que se lanzaban, sus fuerzas se habían desgastado a lo largo de los otros tres interminables asaltos. Las escalas volvían a posarse sobre la muralla y eran derribadas por los defensores. Garfios con cuerdas eran lanzados a la parte superior de la muralla buscando un buen asidero. La torre de asalto, esta vez sí se puso en movimiento.

Grupos de infantes castellanos guiados por un caballero, se acercaban corriendo hacia la base de la muralla para poder ascender por escalas y cuerdas. Corrían cubriéndose con escudos para evitar las flechas defensoras aunque los grupos cercanos a la torre de asedio eran cubiertos por rachas de fuertes vientos lanzadas por el cailomante de la torre.

Un disparo de catapulta certero barrió de un golpe al cailomante defensor de esa sección de la muralla.

Una escala consiguió asentarse y los que subían por ella no fueron lanzados al vacío. Eldon era el primero en subir y con un empujón de aire pudo despachar al soldado que había visto la escala. Puso pie en la muralla y lanzó dos golpes descendente a derecha e izquierda para acabar con sendos enemigos y abrir hueco. Sus compañeros empezaron a aparecer detrás de el. Uno se encaró a los enemigos de la izquierda, otro y él se encararon con el grupo que venía por la derecha. Con un golpe con la parte roma del hacha pudo noquear al miliciano y su camarada ensartó a su oponente con la espada.

El casco de metal de su compañero comenzó a arrugarse a una velocidad pasmosa, con la cabeza del pobre soldado dentro. Aún en el caos ruidoso donde Eldon se encontraba, pudo percibir claramente el sonido de los huesos al romperse y carne desgarrarse. Con un pensamiento rápido, despertó todo su metal, así tendría una oportunidad frente al geomante que se acercaba. Se encaró y con un golpe de brazo lanzó una potente bocanada de aire contra aquel semimago, pero vio cómo lo desviaba con otro gesto y notaba una brisa de aire. «Un mago. Mierda».

Por encima de ellos pasaron varias flechas incendiarias. Movió la mano apuntando a una de ellas y capturó el fuego de la punta. Comenzó a moldearlo para crear una bola ígnea. En cuanto adivinó las intenciones se puso en guardia. El fuego voló y a medio camino, Eldon giró su mano y notó como se asentaba una esfera de aire en su interior. Al instante, la bola ígnea se apagó sin hacer ruido notándose una brisa que se movía desde Eldon para llenar el pequeño vacío creado.

«Si quiero librarme de esta guerra, tengo que derrotar al mago. Solo ganando galones podré evitar la primera línea de combate.”

Primer relato del taller

Llevaba un tiempo con una curiosidad reprimida y era ¿cómo funcionan los talleres de escritura? pero simplemente ahí estaba la idea, de vez en cuando recurrente al escuchar los lunes los Relatos en cadena de Cadena SER.

Pero lo que me animó a hacer uno de esos cursos fue la decisión de formarme para poder mejorar en mi escritura y llegar a mi objetivo por un lado, además de ver que se ofertaban cursos cortitos y enteramente on-line. Ver que no había videochats obligatorios me tranquilizó ya que en estas cuestiones soy muy reservado, vergonzoso y celoso de mi privacidad.

Bueno, el caso es que después de chafardear en varias webs, me incliné por Escuela de Escritores, ya que tienen un conjunto de cursos on-line muy interesantes y que me llamaron la atención. Os pongo aquí el acceso.

El taller que cogí, ya que no sabía si el sistema de impartir o el temario me iban a convencer, fue el de Invitación a la Literatura Fantástica impartido por Alejandro Marcos y de este curso salieron cuatro, bueno cuatro más un relatillos de quinientas palabras que a lo largo del mes iré presentando en el blog.

Este primer relato es el resultado de aplicar una técnica interesante para obtener ideas para escribir, se llama el binomio fantástico de Gianni Rodari. Este autor propone, a modo de espita creativa, buscar dos palabras que semánticamene estén muy separadas, cuanto menos parecidas sea mucho mejor, después te ofrece jugar con ellas hasta encontrar una expresión que te ayude a tener una idea sobre la que escribir y por último, escribir utilizando como pieza central de la construcción ese binomio fantástico.

En mi caso ese binomio lo formé con las palabras Tao y cobalto. Tras presentar el trabajo al taller, Alejandro me hizo un apunte interesante y que creo que puede ayudar a muchas personas que quieran utilizar el binomio fantástico como fuente creativa y es que las dos palabras elegidas sean lo más concretas posibles, utilizar conceptos abstarctos suele ser difícil y a no ser que tengas suerte, como me pasó, los binomios suelen quedar etéreos.

Bueno, os dejo con el relato.

Una luz poderosa

Los trozos de metal de color gris estaban en la mesa, en un montoncito descuidado dejados ahí como si fuesen restos de comida a punto de ser tirada. Los frascos, morteros, botellas de cuello aflautado y retortas atestaban las dos mesas que tenía Estebanius en esa habitación, su laboratorio como le gustaba llamarlo. La casa, pequeña, había sido conseguida en la grandiosa ciudad de Toledo, gracias a una herencia. Montones de libros, cachivaches, marionetas, máquinas y otros objetos se encontraban por los suelos haciendo que moverse por el lugar sin tropezar fuera una hazaña. El alquimista, de mediana edad, ropajes sencillos, barba corta y cuidada, había estado trabajando duro en un preparado para conseguir, siempre según el y sus estudios, el segundo paso hacia la piedra filosofal.

Para ello necesitaba un poco de plata, un puñado de ese rico metal, virgen, sin ser trabajado. La adquisición de esa plata provocó serios problemas al orfebre local pero no podía negarselo, el Rey había dejado claro que se le facilitase todo lo que le fuera necesario, por lo que le vendió todo lo que tenía y añadió la advertencia que el mercader sajón le hizo sobre los kobolds.

Estebanius no le tomó muy en serio y ahora se estaba arrepintiendo. No sabía cómo pero uno de esos duendes malintencionados, kobolds los llamaban los sajones, había conseguido intercambiar su preciada plata por ese montón de metal inservible, ese cobalto. Su humor era de perros, ahora tendría que comprar de nuevo plata y esperar un año entero para realizar ese segundo paso de la fórmula porque, según las instrucciones del rabino que le trajo el papiro desde Acre, la plata debía estar expuesta a los rayos de la luna nueva de junius.

Y ahí estaba, frustrado, mirando el frasco con el preparado, así que descuidadamente y con bastante desprecio, tomó el cobalto y lo vertió dentro. «Ya no me sirve», pensó mientras veía cómo se hundía el metal, descendiendo por el líquido transparente como si fuese una pluma de ganso cayendo al suelo. Antes de que todo el cobalto llegase al fondo del frasco, se dio la vuelta y comenzó a andar hacia la puerta.

De repente un flash de luz golpeó su espalda e inundó de azul brillante todo el laboratorio. Estebanius se volvió a mirar qué pasaba y tuvo que cubrirse los ojos con las manos por unos instantes porque la intensidad le cegaba. Después de un tiempo, la luminosidad disminuyó. Estebanius se acercó con cautela para ver mejor qué era eso. Se percató que no había líquido en el frasco, que las lascas de metal ahora eran un poco más grandes y que palpitaban con una esencia interna, una energía azulada brillante. Una idea le vino a la cabeza y con rapidez se fue a una estantería para coger un tomo muy concreto, datado en la época de Aberroes, lo abrió buscando con ansia entre sus páginas. Encontró el párrafo que buscaba y lo leyó dos veces mientras miraba el metal azulado de reojo.

—El tao del cobalto, acabo de despertar el tao del cobalto. Su voz era queda, llena de
sorpresa.

Temerosamente cogió una esquirla, se acercó a una de sus marionetas de madera, puso la esquirla en un hueco de la ajada madera del tronco y la marioneta comenzó a moverse ella sola.

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