Este relato nace de otra tarea del curso de Literatura fantástica, Iniciación de Escuela de Escritores. En este caso había que trabajar tres voces y una de ellas debía ser la escrita.

Trabajando al idea, me decanté por dos cosas, una fue una historia que leí que le ocurrió a Paz Padilla en un viaje durante el programa de Jesús Calleja, donde Paz compró un muñeco budú sin pensar en las consecuencias. Por otro lado, me vino a la mente una entrada de Ana Gonzalez Duque donde se preguntaba sobre un ser maligno llamado Sucubo.

Mi aportación a estas dos ideas ha sido la ambientación. Espero que os guste.

La visita nocturna

La luz de gas se mantenía encendida a altas horas de la noche en el cuarto piso del número diecisiete de la Avenida Kingston. El resplandor verde fósforo del computador de válvulas quedaba difuminado por la iluminación de la habitación. Ernest miraba de vez en cuando hacia la puerta cerrada. Al lado, junto al perchero, su levita de tweed quedaba colgada de una manga. La chistera, por supuesto, en el suelo. El pictografo estaba encendido en la otra sala. La emisión había terminado y un ruido blanco bañaba todo el piso.

«Esta noche viene. Seguro. El ruido blanco, por favor que le moleste. No quiero volver a sentirme así, sin poder gritar ni moverme.»

Volvió a prestar atención al la pantalla negra con letras verdes. El pequeño zumbido del aparato conectado le tranquilizaba. No sabía si podía contar con el señor Hampton para protegerle mientras estuviese escribiendo pero no confiaba que durase mucho tiempo sobrio. Con su sueldo, no podía contratar a mejores guardaespaldas en las fábricas de los muelles y este era el único que se había atrevido a tomar el encargo. Apartó de su mente esos pensamientos y se concentró en el mensaje:

Querido reverendo Vinegrass,

Hace mucho tiempo que no tenemos contacto y pido disculpas de antemano por ello, se que es imperdonable por mi parte y más aún, el abordarle de esta manera con un tema tan delicado, pero es que no se a quién acudir y usted es toda una eminencia en exorcismos de seres extraplanales.

En mi último viaje al Congo, cometí la imprudencia de agenciarme por un precio irrisorio, unas muñequitas hechas con trapos, cortezas y esparto. Mi guía me advirtió que no debía cogerlas pero no le hice caso. Es más, me lo tomé a guasa y creí escuchar unas palabras farfulladas al vendedor que no entendí y que mi guía juró no haber escuchado.
Ya el en viaje de vuelta en zeppelin de línea, comencé a notar cosas raras por la noche. En un primer momento consideré que el exceso de absenta me había jugado una mala pasada, pero no fue así. Ahora lo sé.

Paró unos segundos, las manos comenzaron a temblar.  «¡Estúpido de mi! ¿Cómo no me di cuenta antes?.» Tras el reproche, pareció calmarse y prosiguió:

 

El caso es, mi apreciado padre, que debí desatar alguna fuerza que no entiendo porque desde que llegué a Leeds, hace ya un par de semanas, hay un ente que me visita todas las noches. La primera vez que me percaté de su presencia fue algo espeluznante. No era capaz de moverme, ni de abrir los ojos. Noté peso en la cama, como si algo o alguien se tumbase a mi lado, retiró las ropas y sentí como mi camisa de noche me era retirada.

No voy a seguir con los detalles porque no quiero violentarle. Además son muy desagradables los recuerdos y sensaciones que me vienen cada vez que vuelvo a ese primer encuentro. He de añadir que con cada visita, noto como si una parte de mi se desvaneciera.

Siento que queda poco de mi.

Por favor, ayúdeme.

De una oveja descarriada, sinceramente suyo,
Ernest Woodforge

Al terminar de redactar, presionó la tecla de enviar en el teclado neumático, deseando con todas sus fuerzas que esa misma madrugada, el párroco de la iglesia de Santo Tomás de Bradford, leyera su desesperado grito de socorro. «Ya está, enviado. Una botella lanzada al mar. Tengo miedo y no pienso meterme a la cama. No ahora»

Se levantó de la silla y fue a la habitación que hacía de sala de estar. Tenía preparada una dosis importante de opalina para inyectársela en el momento que sintiese sueño. No podía quedarse dormido o así abriría las puertas al ente que le llevaba visitando desde ese maldito viaje. Y lo peor de todo no era sentirse indefenso, sino la mezcla de placer sexual y terror visceral que sentía cada vez que llegaba al orgasmo.

Luchó con todas sus fuerzas. Agarró un par de veces el dispensador de drogas y ese frío tacto le daba fuerzas. A la tercera, las cortinas cayeron demasiado rápido como para reaccionar.

Ernest se quedó dormido delante de la pantalla. No vio llegar a Morfeo, ni a su súcubo, la cual lo tomó por última vez, ya que tras consumar esa cópula, Ernest se dejó de ser humano para convertirse en un juguete de Leguelath y ser un demonio sediento de placer culpable.