El siguiente relato es el resultado de unir dos más cortos que fueron escritos como dos tareas del curso de Iniciación a la literatura fantástica de Escuela de Escritores. Ambos inicialmente debían ser de quinientas palabras y ese límite fue respetado en la tarea. En esta entrada los he unido y modificado, intentando seguir los consejos dados y añadiendo un poco más, ya que el límite de palabras no es necesario. Espero que os guste.

«Soy la nueva, así que supongo que me tocan estas cosas».

Mona se encontraba vigilando desde la esquina del edificio desde varias horas en la noche. Había llegado al atardecer y buscó un sitio cómodo y resguardado. Era un edificio aislado del resto de la manzana, como una pequeña roca separada de la costa, una casa de tres pisos con tejados de pizarra oscura y resbaladiza. La luz de las lámparas de aceite, que comenzaba a disminuir por el paso del tiempo, dificultaba su acercamiento a la pared de la casa sin ser vista, además de la presencia de dos guardias completamente armados con actitud muy despierta para ser las altas horas de la madrugada. Los bruñidos petos de metal reflejaban esas llamas bailarinas y parecían saltar a las puntas de las lanzas.

Tenía una misión fácil sobre el papel, entrar, intercambiar los documentos del rollo sellado y salir sin ser descubierta. Su supervisora le había asegurado que el embajador era un hombre descuidado y muy relajado en cuanto a la seguridad. Su supervisora tenía fama de poseer una red de informantes muy fiable. «La muy desgraciada me quiere fuera o muerta».

Se movió despacio fingiendo que arrastraba un pie, forzando la cadera para parecer lisiada, buscando los halos de luz débil que dejaban las lámparas para intentar cubrirse con el juego de sombras. Se había disfrazado de pordiosera, algo muy socorrido, a la par que útil en esta ciudad y más en las semanas en las que se encontraban, que los actos religiosos estaban por todas las calles y las procesiones de los mendicantes, cofradías e iglesias eran casi continuas. Por último, tenía preparado un as en la manga si las cosas se ponían feas.

Con cuidado observaba a los dos matones bien vestidos de la puerta. Pudo darse cuenta que uno de ellos, el más pequeño, se había percatado de su presencia y no le quitaba ojo. No sabía si le inquietaba más el hecho de ser vigilada o cómo le miraba. Simuló buscar algo en el suelo, quería probar suerte y valorar el interés que había despertado en el hombrecillo. Seguía prestándole demasiada atención. Decidió no tentar más la suerte y despacio, se fue introduciendo en las sombras de una calle menos iluminada.

Una vez segura de que se encontraba sola, se irguió y caminó con cuidado hasta el recodo de esa calle. Sabía que había unos barriles con agua recogida de los tejados. Se quitó las ropas andrajosas, dejando al descubierto unas prendas de sirvienta pobre, se lavó la cara, manos y brazos con cuidado para retirar cualquier rastro de barro y olor a suciedad. Con la ropa hizo un hatillo que tomó bajo su brazo.

Su destino era su casa. Pero algo le puso en alerta. Un sonido, leve, pero definido, de roce de metal con piedra. Agudizó sus oídos, y al poco lo volvió a escuchar. Esta vez más cerca o más fuerte, como si se hubiera rozado con brusquedad. Reprimió la tentación de volverse y con todo el disimulo que pudo, tomó de un bolsillo interno del delantal de algodón su as, una pequeña piedra.

Se estaba terminado la noche y necesitaba llegar a casa con urgencia. Ese juego del gato y el ratón no le hacía ninguna gracia. Menos aún sin saber qué gato era el que le perseguía. Necesitó de todo su autocontrol para seguir actuando como una temerosa criada, con la esperanza de poder ver en algún momento a su perseguidor. Y fue así. Al siguiente recodo, en dirección al puerto, reconoció el peto metálico y las calzas de color canela del hombrecillo.

Dos opciones se dibujaron con presteza en su mente, encararse y quitárselo de encima aprovechando la sorpresa o intentar seguir en el papel. El rumor del despertar de las calles llegaba a sus oídos. Aceleró. Su perseguidor hizo lo mismo. Escuchó los pesados pasos. El eco que generaba la calle estrecha no le ayudaba nada para saber lo cerca que lo tenía. Ya no aguantó más y salió corriendo. Se desprendió del bulto de ropa.

Irrumpió en una calle más ancha donde ya había más movimiento de personas. Chocó con un par de mujeres que llevaban sendos cestos apoyados en la cadera y charlando tranquilamente. Las empujó sin miramientos y siguió corriendo. Los gritos de protesta de ellas se amortiguaron con el ruido de metal chocando.

Miró por encima de su hombro y confirmó sus sospechas. Era el soldado pequeño el que le perseguía, pero con todos esos ropajes de guerra, se movía muy rápido. Apretó el ritmo.

Escuchó la voz ronca del hombre entrecortada por el esfuerzo. Llamaba a gritos a la guardia y gritaba “¡a la ladrona!”. El plan de Mona se fue al traste. Conseguía dejar atrás al pequeñajo enfundado en metales pero no estaba segura de que estuviese a salvo.

Con urgencia y mientras seguía corriendo calle arriba, pudo orientarse y recordó la presencia del mercado de la Plaza Alisia muy cerca de allí. Dobló una esquina. Miró a ver si le seguían. Una cuera púrpura y un tahalí verde apareció en su campo de visión.

Mala señal.

 

Felsen seguía con cuidado a la mujer que tenía delante. No quería ser brusco por lo que se deslizaba con cuidado o empujaba despacio para abrirse paso. Ver su cuera de ante y el tahalí con el florete le ayudaban.

Después de escuchar pedir ayuda a un soldado, miró lo que pasaba en la calle. No llevaba ni media hora dentro de su turno de guardia cuando notó el alboroto en la calle. Le dio tiempo a identificar a la persona que era perseguida y casi sin decir nada a su compañero, salió corriendo. No esperaba que su primer día comenzase así.

Los olores a orines, el chapoteo y la humedad que traspasaba la suela de la bota de cordobán le ponía la piel de gallina. Miraba con cuidado entre los transeúntes. La luz resbalando en los cristales de las tiendas y en los charcos, provocaba que entrecerrase los ojos. Un dolor leve nació e sus sienes, como si el pañuelo anudado en su nuca apretara más que esta mañana. El fieltro húmedo pesaba, las alas del chambergo caían a ambos lados. El golpeteo de la funda del florete contra el muslo le recordaba que debía tener cuidado para que no se le enganchase con algún faldón de los tenderos o peor aún, se cruzase con otra arma y provocase un duelo no deseado.

El rumor de pasos, golpe de cascos y roce de ruedas con el empedrado le impedía saber si su objetivo corría o aligeraba el paso. Movió su cabeza en diagonal, intentando observar entre los hombros de tres hombres mientras se mordía el labio inferior. Aguzando el oído, notó como el ritmo de la calle cambiaba levemente. Hacia su izquierda. Dio un respingo y corrió hacia donde había escuchado el deslizar de pies, el roce de unos ropajes con la esquina y el leve chasquido del borde al viento.

Mona aprovechó el paso de un carro para internase en un callejón. Ese guardia joven e inexperto estaba poniendo demasiado entusiasmo en su seguimiento. Le hizo gracia la inocencia del mismo pero este juego tenía que acabar. Se deslizó hasta el fondo, dobló a la derecha entre sábanas colgadas y se sentó en un taburete. Allí apoyó la gema en su esternón desnudo y se relajó.

Un pequeño fulgor recorrió el grabado minúsculo que tenía el lapislázuli y con rapidez su aspecto comenzó a cambiar. Su piel empezó a marchitarse, agrietarse, aparecieron arrugas por toda su cara, brazos, piernas. Sus pechos se descolgaron quedando flácidos, sus párpados se entornaron, le apareció una pequeña chepa, su pelo se encanó, los dedos comenzaron a arquearse y apareció un leve temblor en una de sus manos. Se quedó sentada, esperando con la cabeza gacha y los ojos entornados, de repente la luz le molestaba horrores y la cabeza le pesaba mucho, así como le dolía todas las vértebras de su columna.

Los pasos de Felsen resonaron en esa calle generando un eco húmedo, sordo, corto. El dolor descendió a la nuca y los músculos del cuello se le tensaron. Un latigazo gélido recorrió media espalda pero miraba atentamente al frente. Olisqueó un momento. El orín no estaba, la menta mezclada con jabón le llegaba junto con roces suaves de ropas colgadas.

A varios metros la silueta que ya se había aprendido se insinuó entre las sábanas, como un artista tras el telón. Y desapareció. Corrió agarrando el pulido pomo del arma y apartó con la mano libre el falso telón. La fuerza provocó un chasquido, un rasgar y quedó envuelto en una blancura mentolada. Cuando consiguió quitarse la sábana de encima pudo ver a una anciana sentada en un taburete.

—Hijo —con voz temblorosa le interpeló. —¿Qué busca un joven guardia por este arrabal? —En su mirada se dibujaba la sonrisa que no aparecía en su rostro mientras jugaba con un lapislázuli.

—¿Ha visto pasar una joven, pequeña y de pelo rubio? —dijo mientras miraba hacia todos los lados desconcertado.

—Estos ojos viejos no mantienen la luz como antes, pero mis orejas no me engañan. —apuntilló mientras señalaba hacia su izquierda, hacia una puerta entreabierta de una bajera. Salió corriendo mientras maldecía.

Su primer día en la guardia no fue en absoluto como había deseado y que se le escapase esa ladronzuela le dolió más en el orgullo que en la pierna rota con la que terminó por no mirar donde pisaba cerca del puerto.

Mona llegó a su casa frustrada, enfada por el resultado conseguido, pero lo que más le molestaba no era lo ocurrido en frente de la embajada, era la trampa que le había preparado su supervisora, una perra sibilina a la que ha de obedecer. Tenía la orden expresa de conseguir ese despacho diplomático y debía hacerlo antes de cuatro días. No tenía los recursos necesarios para utilizar la red de informantes de la Organización pero tampoco podía utilizar su incipiente red, ya que se habían encargado de mutilarla eliminando a su mejor activo.

Se sentó frente a la mesa de madera de la sala y dejó caer su cabeza sobre los brazos cruzados en la mesa, ya había gastado dos días de los cuatro de plazo y debía decidir si seguía con la misión o avisaba de su fracaso para que la Organización tuviese margen de maniobra. Si se arriesgaba con una maniobra desesperada y la pillaban, estaba muerta. No le apetecía satisfacer así a su supervisora.