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Relato: Hambre

Esta entrada la saco en miércoles porque dentro de la planificación caótica de entradas para el blog, había asignado este día de la semana para relatos.

He comenzado el curso de Literatura Fantástica I de la Escuela de Escritores y en la tarea de la semana pasada presentaron un supuesto y tras leerlo y pensarlo, me salió el siguiente relato:

«Allí estaba, entre la oscuridad, agazapado. Esperar no era lo suyo, pero sin patas, piernas o alas, poco podía hacer para moverse. Llevaba más de doscientos años donde se encontraba en estos momentos y aun estando aburrido del lugar, no era de los peores. Tenía hambre, pero esa hambre era profunda, pesada, insaciable. Pasaba el tiempo regodeándose en ella, no tenía otra cosa mejor que hacer, aparte de ubicarse con su imaginación en una mansión de un gran terrateniente adinerado, en una urna de cristal fino con una luz tenue y a la vista de todos.

La biblioteca del templo estaba seca, bien acondicionada y con polvo. La puerta se abrió torpemente por su falta de uso, los goznes secos no ayudaban al intruso. El acólito entró despacio e intentó cerrar la puerta de la forma más silenciosa posible, tenía hambre de conocimiento y esa noche esquivó todas las dificultades hasta llegar a su meta. Encendió un candil y con excitación contenida comenzó a moverse entre los largos estantes llenos de libros. No era la primera vez que se colaba a hurtadillas en ese lugar pero tampoco lo conseguía con la frecuencia que su mente le instaba. La última vez, antes de tener que marcharse, había encontrado un libro que le cautivó. No sabía por qué, pero la forma del lomo, el color de la piel y las letras doradas que estaban en el mismo le llamaban y hoy quería leerlo, deseaba una aventura. No tardó en localizarlo. Lo tomó y se acercó a una de las dos mesas dispuestas para consultas. Con un deseo casi desbordante abrió el libro.

Notó como era movido, por fin una presa. Las manos fuertes, algo sudadas y de piel suave le recordaban a un humano joven. Esos eran los más jugosos, Con intranquilidad notó como era posado en una mesa y sintió volar sus páginas. Había sido abierto y despertado de su letargo. Tuvo que controlarse para no devorar esa mente joven en un santiamén o cometer algún error que hiciese que su presa se fuese. Se introdujo despacio en sus recuerdos y comenzó a beberlos poco a poco, a saborearlos y a mezclarlos. Según los iba creando nuevas páginas de historias al final de las ya presentes, iba borrando los recuerdos de la mente. Tras un rato no se pudo aguantar, su hambre era descomunal y comenzó a sorber con fuerza recuerdos cercanos, sentimientos, sensaciones, a captar los miedos más ancestrales y personales del pobre desdichado, a robarle los recuerdos de la tierna infancia y los placeres imaginados, o no tan imaginados, con la celadora jovencita e inocente.

Cuando terminó, se cuidó de darle solo una orden efímera en esa mente completamente vacía y que solo sabía comer, dormir y defecar. Que le devolviese a una estantería.

El acólito, o mejor dicho, la carcasa de huesos, músculos, piel y vísceras en lo que se había convertido, dejó el libro en un estante y después, babeando, simplemente se quedó mirando a la puerta.»

Después de que los compañeros opinen y los profesores valoren y comenten, he decidido intentar aplicar las sugerencias y volverlo a escribir. El resultado ha sido el siguiente:

» Allí estaba, entre la oscuridad, agazapado. Esperar no era lo suyo, pero sin patas, piernas o alas, poco podía hacer para moverse. Llevaba más de doscientos años donde se encontraba en estos momentos y aun estando aburrido del lugar, no era de los peores. Tenía hambre, pero esa hambre era profunda, pesada, insaciable. Pasaba el tiempo regodeándose en ella, no tenía otra cosa mejor que hacer, aparte de ubicarse con su imaginación en una mansión de un gran terrateniente adinerado, en una urna de cristal fino con una luz tenue y a la vista de todos.

La biblioteca del templo estaba seca, bien acondicionada y con polvo. El roce de la puerta con el suelo, en los goznes puso le puso en alerta. No podía ver pero si había conseguido expandir su consciencia de forma que fuese capaz de notar cambios de temperatura, presión y ondas sonoras. Tenía claro que entraba alguien.

Tardó un tiempo hasta que notó como el aire cercano se iba calentando. Alguien se acercaba con una fuente de calor y era momento de preparar sus habilidades intrusivas. Había llegado a conocer muchas formas de sondear pero la más eficiente hasta ahora era un ataque directo. Esperó a notar el calor de la vela cerca de su lomo. Había aprendido algunos trucos para acercar más a sus presas y retenerlas el tiempo suficiente como para poder sondear. Fue enturbiando las letras que había en el lomo, opacándolas, envejeciéndolas para que el incauto tuviese que estar más tiempo mirando para descifrarlas.

Parece que el truco volvió a funcionar porque la fuente de calor se quedó parada y notaba cómo aumentaba según se le acercaba. En ese momento lanzó un zarcillo invisible hacia la zona de la luz, donde deberían estar los ojos, nariz o frente de la presa. Notó como acertaba y se introdujo con rapidez en la consciencia superficial y empezó a rebuscar.

Captó la imagen que tenía el hombre de si mismo, también descubrió su juventud y su curiosidad, casi tan fuerte como su hambre. Reconoció un anhelo y con rapidez, aclaró las letras del lomo y apareció un título, “La sabía de dríade para enamorar.”

Notó como unas manos sudorosas, fuertes y juveniles lo tomaban con fuerza. El tirón que sintió y la sensación de ingravidez al ser transportado le hizo apretar un poco más en el subconsciente del acólito, le había dado tiempo a leer en sus recuerdos tempranos. Leyó un rápido pensamiento de incomodidad, de presión y tuvo que controlar su propia ansia o esta jugosa presa se le podía escapar.

Cuando se sintió sobre una mesa, tumbado y sus hojas comenzaron a voltearse, supo que ya lo tenía. Ahora tocaba empezar a alimentarse despacio, de los sueños y recuerdos agradables para servírselos en forma de historias eróticas. Después de unos pocos minutos, notó como sus hojas se movían con más rapidez y los pensamientos del acólito se diluían porque se estaba concentrando en lo que él le estaba sirviendo. La tentación era muy fuerte, demasiado, empezaba a cansarse de controlar su ansia, su hambre.

Tiró fuerte de los recuerdos, devoró sensaciones y borró pensamientos. Se abalanzó sobre los miedos. Los masticó, paladeó. Engulló los anhelos. Vio cómo dentro de su mente, cada vez más espaciosa, se formaba una nube negra de miedo, comprensión y desesperanza que le deleitó. Lo más suculento para el final.

Cuando terminó, seguía con hambre pero no dolía. Antes de soltarlo, lo utilizó como una marioneta poniendo la imagen de cómo debía dejar el libro en la estantería que está en frente de la puerta.

Después, mientras descansaba en su nueva posición, pudo notar el ruido del cuerpo al caer.»

La diferencia radica básicamente en el narrador utilizado. En el primero he realizado un salto de punto de vista y además un cambio de narrador, de forma que hay un salto importante y brusco entre el primer párrafo y el segundo. En el segundo relato, se ha reescrito manteniendo el punto de vista del libro.

A mi me gustan los dos, quizás más el segundo tras entender que el salto brusco no ayuda a la comprensión del relato ¿y a vosotros?

Publicado enEscrituraLiteratura FantásticaRelato

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