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Cuarto relato del taller

Esta es la última entrega de relatos nacidos del taller de Escuela de Escritores, que por cierto, hoy comienzo otro curso con ellos, esta vez sobre la psicología del personaje y además tengo pendiente otros dos.

En la cuarta propuesta se buscaba ahondar un poco tanto en el ambiente de la escena, como la ambientación y el miedo. Si los otros tres relatos se dibujaron con bastante rapidez en mi mente, esta cuarta propuesta fue bastante más esquiva. Tuve que revisar cosas en internet y buscar información de cómo escribir algo que de miedito porque ciertamente, no se muy bien qué es lo que se me da bien pero con este ejercicio, si supe lo que NO se me da bien, o por lo menos tengo que trabajármelo más.

El resultado fueron dos relatos, el primero, titulado «El enemigo interior», fue la primera idea que quise desarrollar y después de escribirla y reposarla un poco, se la leí a mi pareja y el resultado fue un «ggñññee…» Así que escribí el segundo, que se ajustaba más a las especificaciones de la tarea y el marco elegido es más cómodo para mí.

Os dejo con los dos y me gustaría saber qué pensáis vosotras y vosotros de ellos.

El enemigo interior

Despertarme todos los días es un acto de fe. Hace ya unas semanas que resulta agobiante levantarme. La radio de diodos escupe las noticias, hablan de robos, desfalcos, accidentes, homicidios. El periódico de ayer habla de las protestas de las minas de Riotinto y cómo la Guardia Civil los reprimió brutalmente.

Percibo todo como si estuviera tras un velo. El pictovisor no se enciende, necesita crédito, las lámparas de gas tienen un extraño color, no hay azules ni amarillos, solo una gama de grises. Desde la ventana se escucha el bullicio de la calle que se filtra sin permiso. Los vehículos, movidos por vapor y electricidad, no dan tregua.

Intranquilo, miro a todos los lados intentando capturar esa presencia. La noto encima de mi hombro izquierdo.

Nervioso busco mis pertenencias. El bombín y abrigo están en el perchero y el traje a los pies de la cama. La presencia me obliga a mirar la camisa, echada en una silla al lado del escritorio estilo neoimperial. Un olor a hierro, leve y delicado noto al acercarme a la camisa, una mancha gris oscura en la pechera y varias más pequeñas perlan las mangas.

El maletín, apoyado contra una de las patas de la mesa, está cerrado. Sobre la mesa hay un estuche rectangular, de cuero curtido y desgastado. No lo identifico como mío pero me es demasiado familiar. Una mano temblorosa, mi mano, lo toma y lo abro soltando las hebillas. Delante de mi se despliega un juego de cuchillos pequeños, filos, navajas y bisturíes. Intento engañarme pensando que el anterior inquilino se lo habrá dejado. Un fuerte “NO” resuena en mi mente ¿o ha salido de mi boca?, seguro que es cosa de esa maldita presencia.

Noto como la ansiedad comienza a anidar en el estómago y con familiar rapidez trepa por el pecho hasta llegar con sus insidiosos tentáculos a abrazar al corazón.

Me dirijo al baño, los ruidos de Madrid parecen mitigarse, pero siguen ahí. Lo que no remite es esa maldita sensación y al mirar al espejo se transforma en miedo, gélido y pesado.

Veo, desde su hombro izquierdo, su cara, un rostro joven, impasible, tenso se mira en el espejo. Un movimiento de ojos mirando hacia la izquierda me alerta de que me ha visto. Pero, con pasmoso terror, me doy cuenta que ese rostro, esos ojos despiadados, son los míos. Ese hombre soy yo ¿cómo puedo estar a la izquierda de él y a la vez ser el?

Una sonrisa sádica se dibuja en mi rostro. Grito a pleno pulmón y no oigo sonido alguno por mis oídos.

— Londres empezaba a ser aburrido ¿verdad Jack?

Traspaso

El crujido de la puerta al abrirse hace que me empiece a despertar. Las celdas de los hermanos en la abadía no tienen cerrojos, por lo que cualquiera que lo necesite, puede venir. El sueño todavía mantiene mis párpados cerrados pero puedo escuchar unos pasos de anciano y una respiración pesada.

El cansancio y la falta de ruido es síntoma de que no han llegado maitines, por lo que me incorporo en mi camastro y el frío de la noche empieza a abrazarme. El jergón de paja y la manta de lana cruda no son suficientes y en invierno duermo con parte de los hábitos puestos.

Somnoliento intento enfocar mi vista. La puerta se encuentra cerrada y la lámpara de aceite está apagada. Por el ventanuco entra la poca luz nocturna que hay en esta noche nublada. El baúl pequeño con mis pobre pertenencias está a los pies del jergón. Mis jóvenes ojos se acostumbran rápidamente a la penumbra y atisbo una forma enjuta, sentada en una esquina. La silueta, de hombros caídos, encorvada, parece ser la del hermano Arnaut. No dice nada y levanta la cabeza. Sigo en ese estado de duermevela que hace pensar que uno todavía está dormido.

Presto un poco más de atención, su hábito negro destaca sobre la oscuridad bailante que le rodea, la capucha se le cae de la cabeza pero sus manos siguen en su regazo. Con una lentitud nada terrenal, ese anciano se comienza a transformar, a crecer y levantarse de la silla. Todos sus ropajes se rasgan para dejar paso a un cuerpo antinatural de piel húmeda, el cinturón se rompe en pedazos, el escapulario se desintegra.

La figura inhumana avanza hacia mí. Está desnuda, de todo su cuerpo penden trozos de hierro ensartado en la piel, hay aros de donde penden cadenas con garfios, hay anzuelos clavados y trozos de piel rasgada presentando una carne rosada y húmeda. Su cabeza, completamente pelada, presenta un rostro descarnado, sin nariz y con ojos completamente negros. Sus dientes, todos ellos afilados, dejaban resbalar una saliva viscosa y rosada, así como deja entrever una lengua sibilina.

Agazapado, intento protegerme con la manta y el Pater noster rezándolo con fervor. Su voz, terriblemente aflautada, como la de un niño puro, me dice que ese cuerpo ya no me pertenece. Luego noto un empujón brutal y todo negro.

Me despierto y con desasosiego me noto sentado en una silla, helado y doliéndome horrores todos los huesos, las articulaciones, los ojos. Me cuesta respirar. Mover el cuello solo para levantar la cabeza es un trabajo extenuante.

El horror inunda mi alma cuando me veo a mí, a mi cuerpo, tumbado en mi cama, descansado con la placidez de un niño y con una sonrisa de autosatisfacción obscena.

Me encuentro encerrado en el cuerpo del hermano Arnaut, un pobre viejo de sesenta años al que nadie cree en la abadía, con mal de huesos y que cualquier noche llamará a su lado nuestro Señor.

Publicado elLecturasRelato

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